PERCEPCIÓN

El espejo retrovisor lateral de los automóviles advierte que los objetos están más cerca de lo que aparentan y así sucede con la historia; con la conexión de hechos que son limitados por nuestra conciencia relativa en cuanto a la medida del tiempo y su relación con nuestro paso por un pequeño lapsus: la vida.
Generaciones atrás se pensó que el mundo debía cambiar, ser más justo, que todos partieran de la misma base: las oportunidades. Luego, a punta de lo peor de lo nuestro se inculcó la lamentable premisa de que “el mundo no fue lo quisimos y eso nos tiene que gustar”. Se nos entregó el desarrollo tecnológico en bandejas de plata y de cartón dependiendo de la situación genealógica, e incluso el politólogo estadounidense Francis Fukuyama afirmó que la historia había terminado.
Lo anteriormente descrito es históricamente una pequeña porción inscrita en un espacio temporal de no más de cuarenta años. Sin embargo parece ser que la sentencia de Fukuyama se afirma en una sensación generalizada, sustentada en cifras y asegurada bajo estrictos parámetros socioculturales. La desesperanza es inmensa pero también lo es el conformismo, sobre todo en los nacidos desde la segunda mitad de la década de los ochentas en adelante, los actuales jóvenes, mi generación, una generación de ausentes.
Los medios de comunicación nos mantienen informados de los hechos trágicos que ocurren a diario. También suceden cosas buenas pero al parecer existe un sospechoso desinterés en exhibirlas. Desgracia tras desgracias se nos va, como se dice vulgarmente, curando de espanto; nadie se sorprende cuando ve a un mendigo pidiendo una moneda o cuando pasamos por fuera de un matadero.
En un mundo que se presenta como una gran obra de arte a la cual tenemos acceso en cada instante de nuestras vidas, estamos prestando muy poca atención a los signos.  
Dentro de los estímulos que a diario recibimos, lo visual es de lo más significado: los ojos como ojos del alma.
Ya sea en el discurso platónico como en el aristotélico, el recordar o conocer pasa por lo sensitivo; en uno es el recuerdo de un mundo ideal a través de la experiencia, tal como lo son las sombras en la caverna, en el otro se conocen parcialidades a través de los sentidos, las que luego forman parte de un todo dando paso a las ideas. Esto último, la parte por el todo era común en ambos filósofos, la experiencia, digamos por ejemplo,  visual y luego relacionarla.
En esta gran obra de arte, la más realista que podemos presenciar, las partes no están siendo relacionadas. Se han inundado espacios sinápticos con océanos que nos alejan de detalles tan pequeños como un continente y detalles tan inmensos como un suicida. El todo avanza lleno de signos que como grietas son oportunidades constantes de hacer la relación.
Como dice Arnheim, la percepción lleva tiempo. No podemos olvidar que habitamos en un pequeño porcentaje de tiempo, tiempo que por lo demás parece adolescente; tampoco debemos olvidar que en una realidad vista como una monumental obra de arte no somos más que un detalle, tampoco menos.
La vida le ofrece a la humanidad una infinita cantidad de oportunidades para realizarse mientras la obra no esté terminada, ya que de dicha realización depende la finalización del todo. Los signos nos están esperando.



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