En Dieciocho, abriendo el año del bicentenario
El viento sopla fuerte, con silbidos inusitados. La mar se ha rizado y las olas rompen con ruido ronco sobre el borde costero. El viento traslada las gotas de mar y el aire se hace salino, propicio para el beso y la pasión. La carretera ha disminuido su tráfico. Es dieciocho de septiembre, el inicio del año del bicentenario. La Presidenta bailó cuecas, en Santiago la fiesta recién empieza. En el resto de Chile se replican las celebraciones.
Los
actos cívicos, la música nacional, los trompos, el palo encebado, las
carreras de ensacado, el emboque y la rayuela, todo junto como para
incentivar en los niños el mundo real de los juegos, aquél en que nos
formamos los abuelos y bisabuelos.
Un
dieciocho emblemático, que perfila Chile hacia el siglo XXI, un siglo
nuevo que ya ha dado su primer paso y llega a su primer decenio sin que
lo hayamos sentido. En medio de cuecas y tonadas, estoy con mi
compañera, preparando la parrilla para la ceremonia máxima del
patriotismo criollo: el asado al carbón, con mucho aroma y entreveros
de vino, choripanes, empanadas, el viento que se cuela acelerando las
brasas, el sol primaveral que despeja la vaguada matinal y se yergue
orgulloso entre volantines de papel y de plástico, chilenos y chinos,
en un cielo límpido que canta libertades y nostalgias.
Es septiembre, endieciochados, en pareja, solitos, con los hijos y nietas lejos, sabiendo que ellos también están cumpliendo en sus casas, la ceremonia ciudadana de la parrilla, lugar donde convergen opiniones, sugerencias y comentarios democráticos que dan cuenta de lo último novedoso de la campañas políticas. Y aunque estemos lejos de los hijos, el computador encendido nos permite conversar a la distancia, en redes sociales y tecnologías que ya forman parte de nuestro metabolismo urbano, y que nos marca de virtualidad, con miles de conocidos nuevos con quienes simpatizamos, con los pocos amigos de siempre en el corazón, compartiendo la vorágine de la convergencia tecnológica, aprontándonos para la televisión digital, cruzando posteos al paso, escuchando la cueca en videos, con deseos patrioteros circulando por la galaxia, en un cyber Chile que a sus entrados ya 200 años es una sociedad multifacética, enjambre de individuos que se parecen en algo, pero que son integralmente diferentes en su unidad precisa.
Este es el
Chile del bicentenario, con costumbres que se alargan, que se recrean
sobre plataformas maravillosas de interacción, un Chile instantáneo,
que se comunica a velocidades siderales, para decirse quizá cosas
simples, improvisando ceacheíes virtuales, para colocar cuecas en los
ringtones de millones de celulares que superan en cantidad a los
habitantes reales de esta tierra huasa, minera, pesquera, chilota,
rapanuí o mapuche.
En
breves minutos, el Tedeum y mañana la Parada Militar, replicado en cada
ciudad de Chile con los civiles aplaudiendo orgullosos el paso marcial
de las tropas. Porque hay dimensiones que están en el ADN de nuestra
identidad nacional, por encima de episodios abyectos que nos han
cruzado de tanto en tanto en la marcha de estos 200 años y que nos
avergüenzan como chilenos, pero que hemos asumido como períodos oscuros
que es preciso develar para seguir avanzando, reconociéndolos como
espinas para ir superándolos. Para seguir como sociedad, con respeto
por nuestros antepasados, buscando por la fuerza de la razón y el
diálogo, espacios más justos para una convivencia en paz.
Chile
del bicentenario, y con casi 40 años al lado de la mujer amada, nos
divierte comprobar que vamos juntos y de la mano, disfrutando la
modernidad avasallante, pero manteniendo, gracias a Dios, esa savia
profunda que nos permitió fundar familia y que es nuestra epopeya
diminuta, un pétalo más de la flor gigantesca que formamos todos y que
llamamos Patria.
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Chañaral de las Ánimas, Región de Atacama, 18 de septiembre de 2009.
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Una mirada libre a nuestro entorno
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